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Los libros cuentan historias.

Pero los libros no serían libros sin páginas y letras

al igual que las historias no serían historias sin personajes ni sucesos.

El alma de la novela reside en el corazón del escritor, y después en el del lector.

El alma de la novela te hará volar. Con alas de magia. Con plumas de tinta.

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martes, 14 de diciembre de 2010

Atrapada: Capítulo 8

Antes de nada: ¡siento la tardanza! Espero que os guste, e intentaré no tardar tanto en publicarlo la próxima vez :) ¡Espero vuestros comentarios!

Caminé y caminé sin parar. Recorrí calles enteras, sin miedo a perderme porque cuando quisiera volver atrás sólo tendría que darme la vuelta y desandar el camino. Así que caminé, pensando sólo en el movimiento automático de mis piernas: un paso, otro paso, uno más...
El aire frío de diciembre me congeló poco a poco, así que al poco rato tuve que empezar a echar el aliento a mis manos heladas, mientras me las frotaba con rapidez. Aumenté el ritmo para que no se me congelaran las piernas también, y llegué a un parque casi corriendo.
Me senté en un banco para descansar, y, jadeando, miré alrededor. Era un parque infantil. Debía de estar muy lleno durante el día, deducí por las múltiples pisadas que se adivinaban en el suelo sucio, pero en aquel atardecer de invierno sólo había un hombre jugando con su hija. Alcé una ceja.
"Ironías de la vida", pensé con el poco humor que me quedaba.
Crucé las piernas para infundirme más calor, y me acurruqué en el banco, pero seguí mirando a la pareja por el rabillo del ojo.
La pequeña estaba subida al mini-castillo del parque e intentaba escapar de su padre, que hacía de monstruo. Entonces, emitió un chillido al bajar por el tobogán e intentó salir corriendo, pero el hombre la atrapó y la alzó, al tiempo que le hacía cosquillas. El silencio crepuscular se interrumpió con la risa de la niña.
La risa de la niña.
Aquel alegre sonido hizo que me diera un ramalazo de nostalgia y, sin querer, me sumí en un recuerdo muy lejano, que ya casi había olvidado...

-¿Quieres un helado?- me preguntó papá.
-¡Síííí!- chillé emocionada.
- Pues venga, dame el dinero- me respondió, sonriendo.
- Pero... yo no tengo dinero...-susurré, apenada.
- Entonces no hay helado- concluyó él.
Yo puse cada triste y me acurruqué en el banco. ¡No era justo! Los mayores podían comprarse todo cuanto quiseran porque tenían dinero, pero los niños no teníamos dinero...
-¡Cómprame un helado!- pedí.
- Sólo si me das tú el dinero...
-¡No es justo!- repliqué, y torcí el morro, para que papá se diera cuenta de que estaba enfadada.
Se arrodilló ante mí, y yo giré la cara para no mirarle.
- Cariño, no te enfades.
- ¡Ja!- bufé.
- Venga, mi amor... ¿quieres que te compre el helado?
Yo le miré de reojo, e intenté poner cara de pena.
-... Sí...
- ¿Sí...?
-... por favor- dije, con tono cansado. Siempre tenía que decir la palabra mágica.
El me sonrió y me compró un helado de chocolate, que es el helado más rico que hay. Cuando me lo dio, no tardé mucho en darle el primer lametazo.
-Cariño, ¿me dejas probar?
Miré a mamá, y luego al helado.
- Está bien...- dije, dándole el dulce-. ¡Pero no comas mucho!
Mientras mamá probaba el helado, papá se volvió a arrodillar junto a mí y me miró con ojos serios, al tiempo que extendía la palma delante de mí.
- Ahora el dinero- me dijo.
Yo le miré con los ojos como platos.
- P-pero... ¡No tengo!
- ¿Ah, no?- dijo él. Entonces me cogió y me alzó-. Entonces tendré que registrarte, porque no te creo.
Y empezó a hacerme cosquillas. ¡No soporto las cosquillas! Hacen que me ría como una niña de cuatro años, y ya tengo seis.
- ¡Aaaaaah!- chillé, entre risas-. ¡Para, papá, para!
Mi padre me bajó y entonces yo intenté devolverle el golpe, haciéndole cosquillas a él en la tripa. Él sonrió...

Sólo cuando me desperté de mi ensoñación me di cuenta de que estaba sollozando, y que el padre y la niña se habían marchado. Estaba yo sola en el parque, cada vez más oscuro. Suspiré...
Ojalá pudieramos volver a esa época. Ojalá todo aquello fuera todavía una pesadilla, y pudiera despertarme en nuestra antigua casa, con él al lado. Ojalá todos estos años de angustia y odio pudiesen desaparecer...
Aquella vocecita volvió de nuevo:
"Fue tu culpa, si tú le hubieras tratado como el padre que era en vez de distanciarte de él, todo esto no habría pasado."
"¡Pero si yo no tengo la culpa! Él decidió emborracharse cada día, no trabajar, llevarnos casi a la ruina..." repliqué.
"Por si no te das cuenta, él intentó superar la pérdida contigo, pero tú decidiste alejarte de él porque no era tu padre biológico."
"¡Bah, cállate!" concluí.
Debía de estar volviéndome loca. ¿Hablar conmigo misma? ¡Era lo que me faltaba!
Yo tenía razón. Por supuesto que sí. Aquella vocecita no sabía nada.
Pero aún así...
Decidí dejar de pensar y volver a emprender un camino. Anduve y anduve y cuando llegué a un cruce, y no supe qué camino tomar, le pregunté a un chico que paseaba su perro por donde se iba a casa de mi pa... de él. El chico me miró de arriba abajo, con el ceño fruncido, y me dijo que esa calle era la siguiente hacia la derecha.
Le di las gracias y seguí mi camino, hasta llegar a esa casa. Toqué la puerta con los nudillos y mi... Bueno, lo diré: mi padre me abrió. Entré. Él me miró con los ojos como platos, sin entender por qué había vuelto.
Había decidido volver para solucionarlo. Teníamos que solucionar aquello. Él todavía me daba miedo, y el corazón me quemaba cuando recordaba los momentos de horror, pero decidí ser valiente y afrontarlo.
No me di cuenta de que aquel chico, el del perro, me había seguido. Se quedó unos instantes en frente de la casa y entonces sacó su móvil.
- ¿Policía?... Sí... Me gustaría hacer una denuncia... Sí... ¿Recuerdan a aquella chica desaparecida?... Sí... La he encontrado. Sé dónde está. Y también su secuestrador.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Atrapada: Capítulo 7

Después de mucho tiempo, aquí os traigo el séptimo capítulo de Atrapada. Espero que os guste y me gustaría que dieráis vuestra opinión. ¡Gracias!

Respiré profundamente. Miré por un segundo la puerta que él acababa de cerrar, y después cerré los ojos con fuerza. Al segundo los volví a abrir, y tomé una decisión.
Después de mirar por última vez con los ojos entrecerrados hacia la puerta, me encaminé hacia la puerta principal. Agarré el pomo con firmeza, pensando sin parar en todos aquellos años en los que mi vida había sido una mierda, y lo giré.
El viento helado de la noche me golpeó con fuerza cuando abrí la puerta, pero no me importó. Di un paso, dispuesta a salir de aquel lugar, dispuesta a terminar con aquel infierno, pero entonces un sonido hizo añicos mi determinación.
Un sonido suave, apagado. Un lamento, un gemido débil y desgarradoramente triste que venía de la habitación detrás de la puerta. Un sollozo silencioso, pero que entró por mis oídos con muchísima más fuerza que un grito, y se instaló, sin que yo lo pudiera evitar, en mi corazón.
Me mordí el labio inferior, indecisa. ¿Estaba haciendo lo correcto? Miré hacia la calle, y vi una carretera oscura, apenas iluminada por unas pocas farolas. Vi un hombre que paseaba a su perro, un hombre que, si en ese momento me hubiera acercado, habría llamado inmediatamente a la policia y habría cuidado de mí hasta que viniera la ambulancia. Los policías habrían detenido a mi falso padre, habría ido a la cárcel, y yo habría vuelto con mi familia adoptiva.
Pero, aunque a cualquiera la perspectiva de seguir con mi vida le pudiera parecer genial, a mí no. No podía evitar pensar en mi "padre", encerrado, rodeado de criminales con los que no merecía estar... Aunque, ¡¿Qué demonios?! ¡Él había destrozado mi vida! Pero aún así...
Miré hacia la puerta, miré hacia la calle. Respiré profundamente...

*****

El sonido de unos pies arrastrándose por la moqueta me despertó, pero permanecí con los ojos cerrados, todavía amodorrada. Oí los sonidos de cristales rompiéndose y cazos contra cubiertos en la cocina, y pronto me llegó un fuerte olor a café. Entonces advertí que los pasos pesados se acercaban a mí. Y, de repente...
¡Crash!
Abrí los ojos súbitamente, asustada por el sonido. Me incorporé rápidamente sobre el sofá en el que había dormido y me encontré con un par de ojos enrojecidos que me miraban abiertos de par en par. Miré hacia abajo y vi la taza de café, hecha añicos en la moqueta.
-¿Qué haces aquí?- me preguntó él, incrédulo.
Yo no supe qué responder, así que sólo bajé la mirada. Él se agachó frente a mí y me alzó la barbilla, para que le mirase a los ojos.
-¿Qué-haces-aquí?- repitió, pronunciando cada palabra lenta y firmemente.
-Y-yo-yo sólo... y-yo no s-sé... es q-que...
Él me miró muy seriamente. Por primera vez en mucho tiempo vi una mirada cuerda, limpia de alcohol o ira, y no me gustó lo que vi: eran unos ojos atormentados, que contaban una vida muy dolorosa.
Suspiró y se separó de mí.
-Márchate.
Yo le miré, confusa, pero no me moví de mi sitio.
-Márchate- repitió, y esta vez su voz se quebró en la última letra, haciendo que mi corazón se encogiera. Nunca antes había advertido lo mucho que había sufrido él.
Me acerqué. No sé que quería hacer... quizá consolarle, puede que ayudarle... pero cuando me notó alzó la cabeza y me miró con franqueza.
-No te acerques. No quiero que me consueles. Vete.
Desolada, la ira me invadió. Había tenido la oportunidad de huir, y me había quedado con él. ¿Y era así como me lo pagaba? Rechinando los dientes y con los puños cerrados, me levanté del sofá, y después de dirigirle una mirada despectiva, empecé a acercarme a la puerta, pero algo me detuvo.
En la estantería que había al lado de la puerta, había un álbum. Pero no un álbum cualquiera. Recordaba haber tanteado el papel rugoso de la tapa cuando era pequeña, y también reconocí la mancha de tomate con la que lo ensucié cuando, con ocho años, cogí el álbum sin limpiarme las manos, por lo cual mi madre me castigó.
Pero aquel álbum, que creía desaparecido, estaba ahí, entre los pocos libros que había en la casa.
Me acerqué y cogí el volumen. Me senté en un sillón, ignorando el "vete" de mi falso padre. Abrí el álbum y lo ojeé, mientras una oleada de nostalgia me invadía por dentro. Había fotos desde mi nacimiento hasta la muerte de mi madre. Yo con dos años, con cinco, con siete... y siempre acompañada de mis padres.
Todos sonrientes.
Todos felices.
Noté cómo mi padre asomaba su cabeza por encima de mi hombro, y ahogó un sollozo.
-Ése era el tiempo en el que todavía me querías...-susurró con tristeza, y me giré rápidamente.
-¿Qué? ¿El tiempo en el que todavía te quería? ¡También te quise después! ¡Fuiste tú el que dejó de quererme!
-No me lo puedo creer. ¿Que yo dejé de quererte? ¡Yo habría seguido tratándote igualmente si tú no hubieras empezado de tratarme como si no fuera tu padre!
-¡Es que tú no eres mi padre!-grité, sin poderlo evitar.
Él se levantó del sillón.
-¿Ah sí? ¿Quién te arropaba por las noches? ¿Quién te llevaba a hombros cuando estabas cansada? ¿Quién te compraba helados en la playa? ¡Dime, ¿quién?!
Y entonces me di cuenta de la razón de sus palabras. Aunque no fuera mi padre biológico, él me había criado. Me había enseñado a hablar, andar, me había ayudado con los deberes...
Él era mi padre.
Le miré con los ojos empañados, y por un momento todo desapareció: los años de tortura, el dolor, las pesadillas, los gritos... todo quedó atrás y volví a verle como al padre que me había enseñado a contar.
Por un momento quise que me abrazara y me acariciara el pelo, para consolarme.
Pero, me di cuenta, de que aquellos años habían hecho mucho daño. Y yo no estaba preparada para asumirlo.
Así que, después de susurrar un suave "necesito pensar", salí a la luz de la calle. Necesitaba dar un paseo.
No sabía si volvería, pero sabía que él no me perseguiría. Me permitiría huir.
Después de todo, era mi padre.

domingo, 31 de octubre de 2010

Atrapada: Capítulo 6

Sé que he tardado mucho en subir más, pero por fin aquí lo tenéis: el sexto capítulo de Atrapada. Espero que os guste y comentéis especulando sobre la historia o simplemente dando vuestra opinión.

La mano nudosa me apretó la muñeca con tanta fuerza que tuve que soltar el cuchillo, que cayó estrepitósamente al suelo.
Yo jadeé mientras él se levantaba, agarrándome todavía por la muñeca. Su cara se estaba convirtiendo poco a poco en una máscara de furia contenida, y sentí que me mataba con la mirada.
No dijo nada, sólo gruñó, pero me empujó poco a poco hasta que estuve entre él y la pared.
-¿Qué se supone que ibas a hacer?- susurró, todavía con la cara desfigurada de ira.
Yo sólo tragué saliva, no contesté. Estaba intentando concienciarme sobre lo que iba a pasar ahora. Había perdido. Le había despertado, y ahora iba a morir. La partida había terminado.
-¡Contesta!- me gritó a la cara. Me arrojó el aliento al rostro, pero me di cuenta de que no apestaba tanto a alcohol como otras veces. Aún así, todavía tenía un toque a ron.
Me zarandeó agarrándome por los hombros, y yo empecé a sollozar sin poder controlarme.
Mierda. Lo único que me faltaba: parecer una niña indefensa ante él. No quería que se compadeciera de mí.
-¿Qué? ¿Ahora lloras? ¿Después de lo que me has hecho? ¿Tú lloras?
Y no pude más.
-Yo no te he hecho nada- susurré, con cada vez más fuerza-. Yo no te he hecho nada. Has sido tú el que...
-¿El que qué? Venga, niña, dímelo. ¿Qué te he hecho yo?
Tardé un segundo en responder, pero cuando lo hice no pude evitar gritar.
-¡¡Me has destrozado la vida!!- chillé, y pataleé y me resistí hasta que me soltó.
Podía haber escapado, es verdad. Pude haber corrido, abierto la puerta y haberme escondido en la calle. Podría haber sido libre.
Pero no sé... supongo que la amargura pudo conmigo. Me deslicé hacia abajo, apoyada en la pared, y me acurruqué en el suelo, llorando y sollozando, sin mirarle a los ojos.
Él me miró con los ojos entrecerrados, con las manos en los oídos. Supongo que tendría resaca y mi grito le había molestado. Genial. Una razón más para abofetearme.
-¿Y tú?- me dijo entonces, señalándome con el dedo índice- ¿Y tú? ¿O acaso eres la única víctima de esta historia? ¿No has hecho nada? ¿Eres inocente?
Fui a contestar: "¡pues claro!", pero algo me lo impidió.
¿Era cierto? ¿Había sido completamente buena y no había hecho nada?
Él se alejó. Se sentó en el sofá con rostro abatido.
-Tú me has destrozado la vida también- dijo, mirándome con los ojos empañados.
Entonces me di cuenta de lo que había sufrido. Tenía unos cuarenta años, pero su cara estaba tan demacrada que no aparentaba menos de cincuenta.Su pelo estaba demasiado largo, despeinado y grasiento, y su barba delataba que no se había afeitado como mínimo en una semana. Pero lo peor eran sus ojos.
Profundos pozos azules de sufrimiento, arrepentimiento, dolor... Ojos marcados por ojeras de noches de llanto incesante, ojos húmedos por recuerdos enlatados en el corazón, pero que ahora por fin se liberaban, a base de lágrimas.
Me compadecí de él.
Una malvada vocecilla en mi interior dijo que quizá él tenía razón, quizá yo lo había fastidiado todo, pero la mandé callar. ¡Yo no era la culpable de nada!
-No es mi culpa- dije, furiosa-. ¡Fuiste tú el que decidió incharse a beber después de que muriera mamá, fuiste tú el que me gritaba cada minuto, tú el que me provocaba pesadillas!
Él suspiró y fue a decir algo, pero yo ya no podía parar. Debía echarle todas las cosas en cara, ahora o nunca.
-¡Nunca limpiabas la casa, siempre estabas hecho una mierda, vivíamos muy justos de dinero porque no te daba la gana de trabajar y te despidieron! ¿Crees que eso era una buena vida? ¡Incluso mamá me trataba mejor que tú, y eso que la odio!
De pronto se levantó y me puso en pie de un tirón. Respiraba entrecortadamente y sus ojos brillaban de ira, otra vez.
-Nunca... jamás... vuelvas a... hablar así... de tu madre. ¿Entendido? ¡Ella era...!
De repente se detuvo, y su cara mostró confusión. Yo sabía por qué: acababa de recordar que ella le había traicionado, que se había acostado con otro y que por eso yo no era hija suya.
-No vuelvas a hablar mal de ella- susurró, y se fue a su habitación, cerrando la puerta con un portazo, y dejándome sola en la habitación, libre de elegir.Entre la puerta a su habitación, y la puerta a la calle.
Libre de elegirle a él o a la libertad.

martes, 26 de octubre de 2010

¡Reseña de Atrapada!

¡Sí! ¡Así es! En el blog el Árbol de las Plumas han hecho una reseña de Atrapada y os agradecería un montón que entrarais y comentarais en la reseña. Si queréis ver la reseña, entrad aquí.
También os agradecería que me votarais para Pluma del Mes, pero eso ya es para lel que os guste más, así que no me importa que votéis a otro. =)
¡Eso es todo, espero que a la gente le guste!

domingo, 17 de octubre de 2010

Atrapada: Capítulo 5

Me desperté sujetándome el cuello con las manos. Estaba sudando, tenía el pelo empapado, y respiraba entrecortadamente.
Me costó un poco darme cuenta de que había sido un sueño.
Esperé hasta que los latidos de mi corazón se ralentizaran, y entonces suspiré con rabia.
¡No...! ¡Otra vez no...! ¿Por qué? ¿Por qué a mí? Pensé que no había nadie  en el mundo quien lo estuviera pasando peor que yo. Era una pesadilla. No sólo ésta que acababa de tener, y por la que reviví la noche más horrorosa de mi vida, sino todo aquello.
Aquella habitación, aquella cama, el olor a sopa todavía presente, la moqueta con la mancha de caldo y el tazón hecho añicos al lado. La certeza de que mis padres adoptivos estaban ahí fuera, en algún lado, preocupados por mí; la certeza de saber que el hombre que intentó matarme estaba allí fuera, seguramente esperando a que se le pasara la borrachera...
Seguí quieta un rato más, hasta que me decidí.
No podía seguir así. Debía salir de allí. Debía salir de allí ya.
Me quité los zapatos para no hacer ruido y abrí la puerta con cuidado. Salí a un estrecho pasillo que solo tenía dos puertas más. La que estaba en frente de la mía era el baño, pues estaba entreabierta y pude ver el váter. La otra debía de ser el dormitorio principal. Donde dormía... él... mi padre... mi padrastro, mi...
Ya no sabía cómo llamarle. Y es que era muy difícil. ¿Cómo se suponía que debía llamar al hombre que hasta los nueve años creí mi padre, pero al final no lo era? ¿Cómo llamar al hombre que al principio me ofrecía su hombro para llorar, y después era él el que me provocaba las lágrimas?
Aquel pensamiento de no saber cómo denominarle me destrozaba poco a poco, así que me obligué a cambiar de tema.
Recorrí el pasillo con la mirada y me acerqué al comienzo del corredor, donde estaba el salón y seguramente la cocina... y él también.
Asomé la cabeza por la esquina.
Estaba en lo cierto; era el salón. Al otro lado había una media pared tras la cual se podía ver la cocina. Al lado había una televisión, una lámpara, un sofá... y él sentado encima del sofá.
Estaba durmiendo. Con una botella en la mano, el vaivén de su respiración relajada dejaba claro que estaba dormido. Era el momento perfecto.
Entonces vi la puerta. La puerta. Mi salida.
Con un cosquilleo, empecé a avanzar silenciosamente hacia la puerta. Le vigilé en todo momento, pero siguió dormido.
Llegué hasta la salida. Aferré el pomo, pero entonces mi giré hacia él y le observé, al tiempo que todos los recuerdos venían a mí en una estampida. Los golpes, los gritos, las borracheras... Todo de una vez, y una ira más fuerte que ninguna otra que hubiera experimentado se apoderó de mí.
Ese hombre me había destrozado la vida.
Avancé con paso decidido hacia la cocina y cogí un cuchillo. Luego me acerqué a él. Seguía completamente dormido.
Le observé con odio. Era un cabrón. Me había jodido la vida. Y ahí estaba, tan tranquilo.
Alcé el cuchillo con lágrimas en los ojos. Lágrimas de rabia, de odio, de tristeza, de anhelo, de miedo... de todo. No se podía describir lo que sentía en ese instante porque me vinieron todos los sentimientos a la vez.
Alcé todavía más el cuchillo. Sólo un golpe. Seco, certero. Tenía buena puntería, así que no sería difícil clavárselo en el corazón. Sólo una cuchillada y mis pesadillas se acabarían.
Sólo tenía que dejar caer el cuchillo... Sólo tenía que dejarlo caer, y todo terminaría...
Aferré el cuchillo con todavía más fuerza. Mis manos sudaban. Empecé a sollozar, sin poder controlarme. Sólo un golpe...
Evoqué toda mi vida, mis días grises, mis noches negras...
Se terminaría con un solo golpe...
Un golpe...
Alcé el cuchillo de una vez por todas con un grito.
Mi mano empezó a bajar...
...hasta que una mano nudosa la paró.

viernes, 8 de octubre de 2010

Atrapada: Capítulo 4

Como era viernes, había tenido clase de música y ahora volvía a casa, agotada. Realmente había sido un día duro. Primero, el examen de ciencias naturales. Puff. Menudo tostón. Ojalá las respuestas contaran para un seis, pero me temía un aprobado muy justito, o incluso un suspenso. Uff, ojalá que no. Menuda bronca me esperaba en casa si no aprobaba...
Luego había tenido clase de matemáticas, inglés, lengua castellana... Y las últimas dos horas, gimnasia. Odiaba gimnasia. Yo nunca había sido un a gran deportista ni nada por el estilo. No sabía correr rápido, tenía una resistencia muy escasa... y no hablemos de la natación. Yo nadaba como los perros; ya me costaba bastante flotar... Aquella clase había sido especialmente dura. Habíamos corrido durantequince minutos y terminé agotada. Además, había tenido que soportar las miraditas de mis compañeras de clase en las duchas. Todavía tenía cuerpo de niña. Bueno ¿y qué? Que les den.
Por la tarde, toqué el saxofón bastante mal... bueno, en realidad, fatal... Tuve que soportar la cara de decepción de mi profesor durante una hora y media. Y eso era una gran tortura.
Así que, estaba agotada y de mal humor cuando llegué a casa. Me encontré a mi padre falso sentado en el sofá, con cara seria. Había dos botellas de cerveza en la mesa de café. Y otra en la mesita, al lado de la lámpara. ¡Cómo no! Debía de estar borracho, otra vez.
Me pregunté por qué debía soportale. Al fin y al cabo, no era mi verdadero padre. Mi madre me lo había contado antes de morir. "Tu padre no es tu padre" me dijo, la muy capulla. "No eres hija suya. Tu padre se llama Carlos." Y así me dejó, la egoísta de ella. En realidad, nunca me respetó demasiado. Simplemente me dijo que al que hasta entonces había creído mi padre no lo era y ya está. Aquello era suficiente para calmar sus remordimientos. Pobre de ella, que los tenía que haber soportado. Pero ahora, ya había hecho el bien y podía irse en paz.
¡Y un cuerno! ¿Así se quitó de encima los remordimientos? Y ahora, ¿quién sufrirá los remordimientos por dejarme con un completo desconocido? ¿quién sufrirá por dejarme sola en el mundo, solamente con un nombre y un increíble sentimiento de traición? Ella no, por supuesto. Ella estaba muy a gusto ahora, en su cajita de roble, bajo tierra.
Pasé por el salón a dejar mi mochila en su sitio y empecé a irme hacia mi cuarto cuando mi no-padre me habló.
-¿Es que no dices "hola"?- me preguntó mientras se levantaba, con un tono muy conocido en la voz. Estaba más que bebido.
Le respondí con un seco "Hola" y seguí camino, pero entonces se acercó a mí con ferocidad.
-¡¿Es que no te he enseñado nada?! Hay que tener educación hacia tus mayores. ¿O no te lo he dicho yo más de una vez? ¡Eres una irrespetuosa! ¡Debes tenerme respeto! ¡Porque yo soy tu...!
"...padre." Mentalmente terminé la frase que tantas veces me había dicho y tantas veces me había tenido que morder la lengua para soltarle que no. Pero, para mi sorpresa, no terminó la frase con esa palabra.
-¡... tutor legal! Porque claro, no puedo decir que soy tu padre, ¿verdad? Porque no lo soy, ¡¿verdad?!
Me quedé petrificada y blanca como la cera. ¡¿Qué?! ¿Lo sabía? No podía ser...
-¡¿Qué, niña, acaso te sorpende?! Por lo que sé, tú ¡ya lo sabías!
-¿Co-co-cómo te has enterado?- balbucié, asustada. No, no. No era posible.
- ¡Así que lo admites, eh! ¡Admites que lo sabías!
Yo intentaba hablar pero no conseguía articular palabra en medio de aquel estruendo de frases iracundas.
-Después de todo lo que yo te he dado... y a tu madre. ¡Oh sí, tu madre!
Se acercó aún más a mí y me gritó a la cara.
-¡Tu madre! ¡Esa arpía a la que yo cuidé y amé durante tantos años! ¡¿Cómo me lo demostró?! ¡Engañándome! ¡Engañándome como a un idiota!
Advertí que varias lágrimas recorrian su cara, y entonces me di cuenta de que yo también estaba llorando. Estaba a punto de explotar, aunque sabía que no me convenía.
-Y luego, cuando murió... ¡yo quedé destrozado! Y te he cuidado desde entonces, ¡pensando que eras mi hija! ¿Y es así como me lo pagas? ¡¿Ocultándome que no eres mi hija, sino una bastarda?!
Me reprimí a duras penas.
-Te he criado como si fueras mi hija... ¡pero al final no lo eres! ¡¿Te parece justo?! ¡¿Te parece justo que yo te haya cuidado mientras tú me ocultabas eso?!
Y exploté.
-¡¿Cuidarme?!- grité con fuerza, tanto que le sorpendí. Mis palabras salían de mi boca por fin, después de años reclusos en frasquitos de amargura-. ¡¿Eso es lo que has hecho hasta ahora?! ¡¿Cuidarme?! Pues para que lo sepas, ¡tienes un sentido muy raro del cuidado...!
-¡A mí no me hables así, cría!- me cortó, pero yo seguí hablando.
-¡Lo que me has dado hasta ahora no ha sido más que un infierno! Ahora, si para ti beber cerveza cada dos por tres y terminar el día borracho... si para ti tener que soportar tus gritos y tu pestilente aliento cada día, es cuidarme... ¡Enhorabuena! ¡Eres un gran canguro!
Ante esa grosería, se acercó a mi y me sujetó por los brazos con todas sus fuerzas.
-Nunca oses a llamarme canguro, ¿de acuerdo, niña?- me susurró, soplando sus palabras por mi cuello- ¡No te atrevas a llamarme canguro!
Pero ya me daba igual. Me daba igual lo que me hiciera. Estaba cansada de sus amenazas, de sus gritos... estaba cansada de él. Así que le empujé y empecé a ir hacia mi cuarto lo más deprisa que pude, pero el me agarró del cuello de la camiseta y me pegó a la pared.
-¡No tan rápido, niña! ¡Dime por qué no me lo dijiste! ¡Qué te he hecho yo para ocultarme la traición de tu madre!
-¡Déjame en paz!- le grité, y me revolví pero mis intentos quedaron aplacados por el bofetón que me dio. Mi mejilla ardía, pero no por eso me rendí-. ¡Déjame! ¡Déjame en paz!
Le empujé con todas mis fuerzas y le hice caer al suelo. Me precipité sobre el teléfono y marqué el 112. Pero justo cuando oí que descolgaban el teléfono al otro lado de la línea, unas manos gigantes me quitaron el teléfono de las manos. Justo antes de que él presionara el botón rojo, grité mi dirección y comencé a correr. No sabía hacia donde, pero debía salir de allí.
Sin embargo, unos brazos me retuvieron y una mano chocó contra mi dolorida mejilla, que ardía todavía más.
-¡Nunca me ignores! ¡Jamás!-gritó el borracho, y me volvió a pegar- ¡Nunca ignores a tu padre!
-Tú... tú no eres mi padre- susurré entre jadeos.
No debí hacerlo.
Sus manos se aferraron entorno a mi cuello, y apretaron con fuerza. Intenté desasirlas, pero no pude.
La vista se me empezó a nublar. Me quedé sin aire...

domingo, 3 de octubre de 2010

Atrapada: Capítulo 3

Cuando me desperté, me encontré en la habitación en la que me había dormido. Me llevé una mano a la muñeca de la otra y entonces me di cuenta de que ya no estaba maniatada. Aún así, tenía los tobillos y las muñecas enrojecidas por la rozadura de la cuerda y me dolían.
Me incoporé, desorientada. Uff. Estaba viva. Aunque no entendía por qué. Él había tenido el tiempo suficiente para matarme cuando estaba dormida...
El hecho de pensar en morir hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Entonces vi la vida de una forma distinta.
Pensé en los años que pasé encerrada en mi cuarto, con la mirada en un punto invisible, inmóvil, sin pestañear, sin pensar. Simplemente sentada en mi cama, en la semioscuridad.
Pensé en mis clases, en mi vida en el colegio, sin compañero de pupitre, siempre sola.
Pensé en mi familia actual, que había intentado hacerme feliz y acercarse a mí, sin éxito, por supuesto.
Desde aquella noche, nunca dejé que nadie se acercara a mí. Nadie me vería sonreír, nadie alcanzaría ni siquiera la entrada a mi corazón.
Y entonces pensé en lo que me había perdido. Consideré, por primera vez, la vida que podría haber vivido si hubiera superado aquello...
Pero no, aquello no era posible. Ni para mí, ni para nadie. Él tenía la culpa de todo. Sólo él.
Decidí dejar de torturarme. Me levanté, e inspeccioné la habitación, a la pequeña franja de luz que entraba por la entreabierta puerta.
Era una habitación más bien pequeña. Solo había una cama, una mesilla, un pequeño armario y una silla. Abrí el armario, pero no encontré nada. Estaba absolutamente vacío.
Me volví a sentar en la cama, con las piernas cruzadas. Me daba miedo abrir la puerta y salir. No sabía lo que me encontraría, y prefería quedarme en la habitación. Así que me quede allí, sentada en la cama, como hacía siempre.
No sé cuánto tiempo estuve allí sentada, pero cuando la puerta se abrió con un suave chirrido, la escasa luz que entró hizo que me picaran los ojos, y me acurruqué pegada a la pared.
Porque allí estaba él. Con una bandeja en la mano.
Se acercó lentamente y dejó la bandeja en la mano. Me miró con seriedad. Me taladró con la mirada y yo me acurruqué aún más.
-Cómete la sopa- dijo con  voz firme.
Yo no me moví y esperé hasta que el se dio la vuelta y se acercó a la puerta. Agarró el pomo de la puerta con una mano grande, y antes de cerrarla se giró hacia mí.
-Y no me llames papá.
Cerró la puerta en silencio, dejandome sola.
Me moví. Cogí la sopa entre mis manos y empecé a tomármela a cucharadas, en la más completa oscuridad.

*****

Cuando me terminé la sopa, me volví a acurrucar. Sus palabras resonaban en mi cabeza: no me llames papá... En realidad, no sé por qué lo había hecho. Al fin y al cabo, no era mi padre en realidad. No era mi padre biológico.
Pero durante años habíamos creído que sí. Cuando tenía seis años, mi madre enfermó. Cáncer de mama. Luchó con todas sus fuerzas por seguir adelante, pero no lo logró. Después de tres años de quimioterapia, lágrimas amargas y gritos desesperados, mi madre había muerto. Pero antes de morir, me había contado una cosa: aquel al que creía mi padre no lo era. Y ese secreto lo había guardado yo desde los nueve años. Sólo yo. Había tenido que vivir en una casa que era de un desconocido, que desde la muerte de mi madre lo único que había hecho era beber. Las discusiones no tardaron en presentarse. Y lo que trajeron después...
De pronto, la puerta se abrió. Él apareció en el umbral, y por su mirada fébril supe que había estado bebiendo. De nuevo, pensé con resignación. Se acercó a coger la bandeja sin ni siquiera mirarme, pero cuando la tuvo en sus manos, me miró y la dejó caer.
El tazón se rompió en mil pedazos, al tiempo que él me sujetaba por los cuellos de mi blusa y me echaba a la cara su aliento pestilente.
- ¡¿Se puede saber por qué lloras, niña?!- me espetó, con furia. No me había dado cuenta de que estaba llorando-. ¡¿Acaso no eres feliz?! Con tu nueva familia y todo... ¡tú no debes llorar, niña! ¡Soy yo el que ha sufrido, el que ha sufrido por tu culpa! ¡Eres un engendro!
Para mi sorpresa, me soltó sin haberme pegado y se fue hacia la puerta dando zancadas muy largas.
- ¡No eres más que una llorona! ¡Bastarda!
Pegó un portazo que hizo temblar hasta los cimientos de la casa.
Y así, volví a quedarme a oscuras, con lágrimas en los ojos, gritos ebrios de fondo y olor a sopa en la habitación.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Atrapada: Capítulo 2

Un golpe. Seco, fuerte. Hizo que mi cuerpo rebotara contra el techo del lugar donde estaba. La oscuridad era total. Poco a poco, la niebla espesa que había cubierto mi mente, se fue despejando. Estaba en un sitio pequeño. Intenté moverme pero esta vez tenía las manos atadas a la espalda y las piernas también. Aún así, por la forma del lugar, supe que estaba dentro de un maletero. Un maletero de un coche.
Y entonces lo recordé.
La imagen del hombre golpeó mi mente como una masa, y me mareé sin ni siquiera haberme movido. Había vuelto. ¿Por qué se empeñaba en seguirme?
Noté que por la ansiedad, por el miedo, por la rabia, y por todos esos sentimientos a los que ni siquiera podía dar nombre empezaba a llorar. Intenté mantenerme en silencio, pero no fui capaz. Sollocé y sollocé, aterrada.
¿Qué iba a pasar? ¿Qué quería esta vez?
La última vez que le había visto había sido cuando dos policías se lo llevaban, sacándolo de mi antigua casa. Él no había opuesto resistencia, pero sabía que mientras su cara estaba tranquila, dentro de él un terremoto y una tormenta arrasaban su interior. No le culpaba por ello. Era normal, después de lo sucedido.
Pero sí que le culpaba de los cardenales que decoraron mi cara, mi cuello y mis brazos durante semanas, de las lágrimas que empañaron mis ojos por las noches, de mis miradas furtivas por la calle, esperando que cualquiera se acercara a mí e intentara matarme.
Y por aquella experiencia es por lo que ahora estaba angustiada, por aquella noche en la que él se enteró de algo de lo que no debía saber nada, aquella noche en la que la casa estaba llena de botellas vacías de cerveza y coñac, aquella noche en la que, como otras muchas veces, yo llegué a casa y le respondí mal. Sabía que estaba bebido, claro que lo sabía, pero nunca se había atrevido a pegarme. Ni siquiera me había tocado ni una vez hasta entonces.
Por eso ahora la angustia se apoderaba de mi corazón, la angustia por no saber lo que me iba hacer, la angustia por no saber cuánta culpa tendría yo de lo que iba a suceder.
Había pasado tanto tiempo... tanto, tanto tiempo... Si aquella noche no hubiese quedado tan grabada en mi piel, en mi alma, no le recordaría... habían pasado tantos años, tantas cosas... pero aunque hacía años que no le veía, su imagen había visitado mis sueños más dulces más de una vez, convirtiéndolos en pesadillas horribles de las que la única forma de escapar era despertarme de madrugada con la piel empapada en sudor y con lágrimas en mis ojos.
Sí, la verdad era que había sido una tortura. Toda mi existencia desde aquella horrible noche había sido una mierda. No sabía porque no había logrado superarlo, pero la cosa es que seguía allí, clavada en mi corazón como una espina, en mi mente como la arena que se te queda en los pies después de estar en la playa... crees que no está, pero en el momento más inesperado te das cuenta de que está ahí, y no eres capaz de quitártela por completo.
Así había sido mi vida desde entonces... Desde aquella noche...
De pronto, la luz bañó el maletero. Habían abierto la puerta.
Entrecerre los ojos para intentar distinguir algo. Lo único que vi fue su silueta a contraluz. Se agachó y me cogió en brazos. Su aliento apestaba a ron. Me cogió con una mano y con la otra cerró el maletero. En ese momento podía haberme liberado, pero no valdría la pena. Ya estaba cansada de luchar, de forcejear, de intentar fingir que él no existía. Tarde o temprano me volvería a encontrar y yo ya no podía soportar más pesadillas. Así que, esta vez sería a la segunda, a la vencida.
Me llevó despacio por un corredor alumbrado con la luz mortecina de las lámparas. Después me sentó en una silla. Yo lo veía todo como si fuera otra persona, como si el cuerpo que estaba allí sentado no fuera el mío; supongo que estaba en estado de shock. Entonces, con sus dedos rugosos, me abrió la boca y un líquido ácido recorrió mi boca hasta llegar hasta mi garganta, y después siguió su camino, dejando un sabor desagradable tras de sí.
Entonces me volvió a coger en brazos. Me llevó a otra habitación, que estaba a oscuras. Me tumbó sobre algo blando; una cama. Entonces, para mí sorpresa, empezó a desatarme los pies. Pero entonces me di cuenta de que no los sentía.
El líquido ácido. Me estaba desmayando de nuevo. Me pregunté si recordaría todo esto al despertar. Entonces me pregunté si volvería a despertar.
Noté que todo mi cuerpo se dormía. Entonces, justo cuando mi vista empezaba a volverse borrosa, su cara apareció ante mis ojos, sonriente de nuevo.
Seguramente me mataría mientras dormía. Era mi último segundo en este mundo. Por eso, y como la poción ya casi me había dormido por completo, sólo tuve fuerza para pronunciar una palabra, una palabra que hizo que su sonrisa se congelara en sus labios.
- Papá...

lunes, 27 de septiembre de 2010

Atrapada: Capítulo 1

Me desperté con el pelo y el cuerpo mojados. La cabeza me daba vueltas, pero poco a poco mi mente se fue aclarando y empecé a percibir los detalles de mi alrededor. Estaba tumbada sobre un césped, y el rocío de la hierba era lo que me había mojado. Hacía mucho frío y un viento helado pero suave me revolvía los cabellos.
Entonces abrí los ojos, pero no vi nada. Todo estaba oscuro. Sólo podía distinguir las pequeñas estrellas y la luna creciente que iluminaban débilmente el ambiente, brillando con toda la luz que eran capacez desde el cielo negro. Me dolía la nuca. Intenté llevarme la mano a la cabeza, pues no sabía qué me había pasado, pero no fui capaz. Tenía las manos atadas a la espalda. Fue justo entonces cuando me alarmé, todos mis sentidos despertaron y mi corazón se puso a cien por hora.
¿Qué había pasado? ¿Qué hacía yo allí? ¿Por que me dolía la nuca? ¿Por qué estaba maniatada? Y lo que era más inquietante, ¿por qué no recordaba nada?
Asustada por la soledad, me revolví e intenté gritar, pero de mi garganta solo salió un leve murmullo. Intenté hablar, pero no fui capaz. ¿Qué me estaba pasando?
Con toda mi agilidad- la poca que tenía-, me incorporé. La luz de la luna alumbraba el prefil del árbol bajo el cuál me había despertado. No comprendía nada. ¿Qué estaba ocurriendo?
De repente, oí cerrarse la puerta de un coche a mis espaldas. Me giré y vi un aparcamiento alumbrado por unas farolas. ¡Mi salvación!
Comencé a andar hacia allí, pero cada vez estaba más alterada, así que llegué corriendo hasta la furgoneta roja, el único automóvil que había en el aparcamiento. Intenté hablar, pero la voz me volvió a fallar, así que di un golpe en la puerta. Entonces, un hombre salió del coche. Creyéndome salvada, esbocé una sonrisa, pero al ver la cara del hombre la sonrisa se me congeló en la cara. No. Él otra vez, no.
Al tiempo que aquel horrible ser sonreía, mostrando sus dientes amarillos, me giré y empecé a correr con todas mis fuerzas. Debía huir, rápido. No podía dejar que él me volviera a atrapar.
Correr con las manos atadas era complicado, pero de alguna forma conseguí avanzar varios metros a buen ritmo. Tenía que correr. Necesitaba correr. Correr y escapar.
La desesperación fue apoderándose de mí poco a poco. Conocía a aquel hombre. Por supuesto que le conocía. Había sido el causante de mis pesadillas de las últimas noches, el ser que temía que emergiera de la oscuridad. El monstruo de debajo de mi cama.
Me empecé a cansar. No miraba atrás, pero no por miedo a perder tiempo, sino por miedo a ver que estaba a unos pocos pasos de mí. Por eso, a pesar del agotamiento, corrí, sin mirar atrás, respirando a duras penas y tropezando con piedrecillas continuamente.
¿Por qué había vuelto?
Como tenía los ojos empañados en lágrimas, no vi la roca contra la que me choqué, y como tenía las manos atadas, no pude protegerme del golpe que sufrí al caer.
Me quedé tumbada en la hierba de nuevo, con la vista nublada por el dolor. Me dolía el tobillo, como si me lo hubiera torcido, y pronto noté que un líquido tibio mojaba mis labios. Sangre.
¿Por qué había vuelto?
Noté que me adormilaba. Estaba perdiendo el conocimiento. Poco a poco. Y eso era lo peor.
Porque todavía no estaba totalmente dormida cuando unos pasos tranquilos se acercaron hacía mí. Ya no era capaz de ver nada, pero casi pude distinguir el brillo de los dientes sucios del hombre, sonriendo malévolamente, mirándome.
Me recorrió un escalofrío justo antes de dormirme. Tenía miedo de lo que él me iba a hacer, pero no podía hacer nada. Simplemente estaba ahí, inmóvil. Era una presa fácil.
Dejé de sentir el cuerpo. Mi mente se durmió por completo.
Pero... ¿por qué había vuelto?

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